Transición a la educación superior y primer año

La transición desde educación media a superior exige acompañamiento, nivelación, pertenencia y bienestar. Claves para que las IES sostengan trayectorias.

La matrícula abre la puerta, pero no construye trayectoria. Para miles de estudiantes, ingresar a la educación superior significa mucho más que comenzar una carrera. Implica aprender nuevos códigos, reorganizar tiempos, enfrentar formas distintas de evaluación, usar plataformas institucionales, comprender reglamentos, gestionar beneficios, relacionarse con docentes de otra manera y, muchas veces, compatibilizar estudio con trabajo, cuidado familiar, transporte y restricciones económicas. Sin embargo, todavía es frecuente que la transición desde la educación media a la educación superior se trate como un asunto de adaptación individual. Si el estudiante no avanza, se dice que “no venía preparado”, “no tenía hábitos”, “no supo organizarse” o “no logró adaptarse”. A veces esas frases describen parte del problema, pero rara vez lo explican completo. La transición no falla únicamente cuando el estudiante no se adapta. También falla cuando la institución no reconoce a tiempo a quién recibió, qué condiciones trae, qué apoyos necesita y qué barreras puede enfrentar durante el primer año. Por eso, el ingreso a la educación superior no debería entenderse solo como admisión o matrícula. Es una zona crítica de diseño institucional: una etapa donde se juega la posibilidad real de convertir el acceso en aprendizaje, pertenencia, bienestar y permanencia. La transición empieza después de la admisión La admisión responde una pregunta formal: quién entra. La transición plantea una pregunta más compleja: qué condiciones existen para que quienes entran puedan comprender, habitar y sostener la experiencia de educación superior. El paso desde la educación media modifica casi todo. Cambia el nivel de autonomía esperado, la organización del tiempo, la relación con los docentes, el volumen de lectura, la intensidad de las evaluaciones, los criterios de aprobación, los canales de información y la forma en que se pide ayuda. También cambian las consecuencias del silencio institucional. En la educación media, muchas alertas suelen estar más cerca: asistencia, notas, convivencia, contacto familiar, seguimiento docente. En la educación superior, en cambio, un estudiante puede desconectarse durante semanas antes de que alguien advierta que algo está ocurriendo. Por eso, la transición no puede reducirse a una semana de bienvenida ni a una charla sobre servicios estudiantiles. Requiere alfabetización institucional: enseñar de manera explícita cómo funciona la vida académica, qué se espera del estudiante, dónde están los apoyos, cómo se usan, cuándo pedir ayuda y qué decisiones son críticas durante el primer año. El estudiante que ingresa no es un perfil abstracto Uno de los errores más costosos para las instituciones de educación superior es diseñar el primer año para un estudiante ideal: joven, disponible a tiempo completo, sin responsabilidades familiares, con buena conectividad, con capital informacional suficiente, con redes que conocen la educación superior y con condiciones materiales estables. Ese estudiante existe, pero no representa a todo el sistema. La Ficha de Caracterización Única (FCU) , aplicada a estudiantes de primer año de educación superior técnico profesional, permite mirar con más precisión algunas de esas trayectorias reales. Según el Informe FCU 2025 , más de 70 mil estudiantes respondieron el instrumento, equivalente al 43,7% de la matrícula de primer año de las instituciones participantes. La ficha fue aplicada por el 98% de las instituciones técnico profesionales adscritas al Sistema de Acceso. Los datos muestran una realidad que debería estar en el centro del diseño institucional. El 56,9% de quienes respondieron declara estar trabajando al ingresar a la educación superior, ya sea a tiempo completo, parcial o de manera esporádica. Un 30,7% trabaja jornada completa. Además, el 28,2% declara tener a su cargo al menos una persona que requiere cuidados y el 23,3% vive con hijos o hijas menores de 12 años. También aparece una dimensión informacional y familiar clave: la mayoría es primera generación en ingresar a la educación superior, con un 73,6% respecto de la madre o figura materna y un 69,4% respecto del padre o figura paterna. A esto se suma que el 78% declara un ingreso mensual familiar inferior a $750.000 y que el 59,3% demora hasta una hora en desplazarse al lugar de estudio. Estos datos no deben usarse para etiquetar estudiantes como “en riesgo” de manera simplista. Sirven para algo más importante: recordar que una transición favorable exige reconocer vidas reales. Para muchos estudiantes, ingresar a la educación superior significa reorganizar trabajo, cuidado, transporte, presupuesto, expectativas familiares y tiempo disponible para estudiar. El primer año concentra una parte decisiva de la permanencia La transición importa porque el primer año no es solo una etapa cronológica. Es una zona de definición para la trayectoria. El Informe de Retención de 1er año de Pregrado 2025 del SIES/MiFuturo muestra que la retención de primer año para la cohorte 2024 fue de 77,3%. Por tipo de institución, la retención llegó a 70,9% en centros de formación técnica, 72,8% en institutos profesionales y 84,0% en universidades. La lectura no debería ser competitiva ni simplista. Los subsistemas tienen misiones, programas, duraciones, públicos y condiciones de estudio distintas. Pero las cifras sí muestran que el primer año concentra un desafío estructural: una parte relevante de quienes ingresan no continúa al año siguiente en la misma institución. El mismo informe muestra diferencias según dependencia del establecimiento de enseñanza secundaria de origen. Para la cohorte 2024, la retención fue de 85,2% entre egresados de establecimientos particulares pagados, 79,1% entre particulares subvencionados, 77% en corporaciones de administración delegada y 75,3% en establecimientos públicos municipales y de Servicios Locales de Educación Pública. Esto no autoriza a afirmar causalidades automáticas. Pero sí permite sostener una idea central: la transición no ocurre en igualdad de condiciones. Las trayectorias escolares previas, las redes de apoyo, el capital informacional, las condiciones económicas y la familiaridad con los códigos de la educación superior influyen en la forma en que el primer año se vive y se enfrenta. Si las instituciones reciben estudiantes diversos, pero les ofrecen una experiencia de ingreso homogénea, el sistema termina pidiendo adaptación a quienes más necesitan reconocimiento, orientación y apoyos oportunos. Los beneficios y las condiciones materiales también son parte de la transición Con frecuencia, las instituciones separan lo académico de lo económico como si fueran planos independientes. En la trayectoria estudiantil, esa separación rara vez existe. El informe SIES 2025 muestra que la retención de estudiantes con beneficios estudiantiles —gratuidad, becas o créditos— alcanza 82,6%, mientras que para quienes no cuentan con beneficios llega a 66,1%. La diferencia es de 16,6 puntos porcentuales. Nuevamente, la prudencia es importante: la cifra no prueba por sí sola una relación causal simple. Pero sí muestra que las condiciones materiales se relacionan de manera relevante con la continuidad. Financiamiento, información sobre beneficios, trámites, aranceles, transporte, alimentación, conectividad y tiempo disponible no son asuntos externos al éxito académico. Son parte de las condiciones que permiten o dificultan estudiar. Una transición favorable, por tanto, exige que las instituciones reduzcan fricciones administrativas y económicas. No basta con informar que existen becas o beneficios. Hay que asegurar que los estudiantes comprendan los procesos, sepan qué plazos son críticos, reciban orientación oportuna y no pierdan apoyos por desconocimiento, errores de procedimiento o falta de acompañamiento. Lo que PACE enseña sobre continuidad El Programa de Acceso a la Educación Superior (PACE) suele discutirse desde la perspectiva del acceso. Pero para este tema aporta una idea más amplia: la transición requiere continuidad entre educación media y educación superior. El Informe final PACE 2024 señala que el programa se organiza en dos componentes principales: Preparación en la Educación Media y Acompañamiento en la Educación Superior. En diez años, más de 470 mil estudiantes han participado en actividades de preparación en tercero y cuarto medio, y cerca de 31 mil estudiantes habilitados PACE se han matriculado en instituciones en convenio y recibido acompañamiento durante el primer y/o segundo año. Lo relevante para las IES no es copiar mecánicamente un programa, sino aprender de su lógica. La transición no puede ser un salto abrupto: colegio, postulación, matrícula y luego autonomía total. Requiere diagnóstico inicial, observación continua de la trayectoria, sistemas de monitoreo, alertas tempranas y dispositivos de acompañamiento académico y psicoeducativo. Una institución que acompaña bien el primer año no espera a que la crisis sea evidente. Observa señales tempranas, interviene antes de que el estudiante se desconecte y coordina apoyos entre áreas académicas, financieras, administrativas y de bienestar. Nivelar no basta si el currículo no conversa con el ingreso real La nivelación académica suele aparecer como la respuesta más inmediata frente a las brechas entre educación media y educación superior. Puede ser necesaria, pero no suficiente. El riesgo es convertir la nivelación en un curso periférico, masivo y desconectado de las asignaturas críticas. En ese caso, se instala la idea de que el problema está antes del currículo, cuando muchas veces el problema también está dentro de él: en la secuencia de contenidos, la carga de evaluaciones, la falta de retroalimentación, la baja coordinación entre asignaturas y la ausencia de estrategias explícitas para enseñar a aprender en una nueva disciplina. Desde una perspectiva de aseguramiento de la calidad, la pregunta debería ser más exigente: ¿el plan de estudios conversa con el perfil real de ingreso? ¿Las primeras asignaturas permiten diagnosticar y acompañar? ¿La evaluación inicial orienta o castiga? ¿La retroalimentación llega a tiempo? ¿Los docentes de primer año están preparados para trabajar con estudiantes diversos? Incluso en criterios regulatorios aparece esta preocupación. Documentos de la Comisión Nacional de Acreditación han señalado la importancia de contar con definiciones claras del perfil de ingreso y mecanismos de nivelación apropiados cuando dicho perfil no se cumple íntegramente. También se ha planteado que el punto no es castigar la baja selectividad como hecho aislado, sino observar si quienes ingresan tienen una oportunidad favorable de completar con éxito el programa. El mensaje institucional es claro: no se trata de seleccionar solo a quienes ya vienen preparados. Se trata de asegurar coherencia entre ingreso real, diseño curricular, apoyos y oportunidades de éxito. Bienestar desde el primer semestre La transición también tiene una dimensión emocional. Cambiar de nivel educativo puede implicar entusiasmo, orgullo y expectativas familiares, pero también ansiedad, sobrecarga, inseguridad, aislamiento y miedo a no estar a la altura. El Informe del Consejo Asesor en Salud Mental para la Educación Superior muestra que un 52,3% de las instituciones de educación superior implementó acciones de acompañamiento al inicio de la carrera. La cifra sube a 76,1% en universidades, pero llega solo a 31,1% en el subsistema técnico profesional. Además, el 44,9% de las instituciones declaró haber realizado diagnósticos sobre carga académica, y solo un 29% informó ajustes o innovaciones curriculares con foco en el cuidado de la salud mental. Estos datos permiten una reflexión importante: acompañar la transición no es solo ofrecer talleres de bienestar o derivaciones psicológicas. También implica revisar el diseño formativo. La carga académica, la coordinación entre evaluaciones, la flexibilidad reglamentaria, las prácticas profesionales, la retroalimentación y los calendarios de evaluación pueden favorecer o deteriorar el bienestar estudiantil. El bienestar no está fuera del currículo. En el primer año, muchas veces se juega dentro de él. Qué deben asegurar las IES Si la transición es una responsabilidad institucional, entonces las IES deberían asegurar un conjunto mínimo de condiciones durante el ingreso y el primer año. Caracterización temprana: conocer trayectorias escolares, condiciones materiales, responsabilidades familiares, trabajo, conectividad, salud, expectativas y factores de riesgo antes de que aparezcan las primeras crisis. Inducción útil: enseñar códigos académicos e institucionales, no solo presentar autoridades, servicios o infraestructura. Nivelación integrada: conectar apoyos académicos con asignaturas críticas, resultados de aprendizaje y retroalimentación temprana. Seguimiento durante todo el primer año: observar asistencia, rendimiento, participación, solicitudes de apoyo y señales de desconexión. Sistemas de alerta temprana con acción real: pasar del dato al contacto, del contacto a la derivación y de la derivación al seguimiento. Pertenencia y vínculo: generar tutorías pares, mentorías, comunidades de primer año, jefaturas de carrera visibles y espacios de escucha estudiantil. Bienestar incorporado al diseño formativo: revisar carga académica, evaluación, reglamentos, prácticas y condiciones curriculares. Compatibilidad con vidas reales: considerar estudiantes que trabajan, cuidan, se trasladan largas distancias, estudian en horario vespertino o enfrentan restricciones económicas. Docencia de primer año como función estratégica: preparar y reconocer a quienes enseñan en asignaturas iniciales, porque allí se define buena parte de la trayectoria. Información clara y reducción de fricciones administrativas: hacer comprensibles beneficios, reglamentos, toma de ramos, suspensión, reprobación, cambio de carrera y canales de apoyo. Estas condiciones no son “servicios adicionales”. Son parte de la calidad de la experiencia formativa. La transición como prueba de calidad institucional Una institución puede declarar compromiso con la inclusión, la equidad y la permanencia. Pero el primer año muestra cuánto de ese compromiso se traduce en diseño institucional. La transición desde la educación media a la educación superior no debería depender de la capacidad individual del estudiante para descifrar solo el sistema. Tampoco debería resolverse con actividades aisladas, semanas de bienvenida o nivelaciones desconectadas. Requiere una arquitectura de acompañamiento: datos, docencia, currículo, bienestar, apoyos materiales, información clara, seguimiento y mejora continua. El acceso se vuelve promesa incompleta si no se acompaña con condiciones reales de permanencia. Y la permanencia no empieza al final del primer año, cuando la institución mira sus indicadores. Empieza desde el primer contacto significativo con el estudiante. En educación superior, acompañar la transición no es bajar exigencias. Es construir condiciones para que la exigencia sea comprensible, justa, formativa y posible. Si quieres seguir profundizando en calidad, permanencia, bienestar e innovación en instituciones de educación superior, regístrate gratis en InnovacionAcademica.org y participa en una comunidad que comparte ideas, recursos y experiencias para transformar la educación desde sus desafíos reales. Fuentes consultadas Subsecretaría de Educación Superior, Ministerio de Educación de Chile. Ficha de Caracterización Única (FCU). Subsecretaría de Educación Superior. Informe Ficha de Caracterización Única (FCU) 2025. SIES / MiFuturo. Informes de Retención de 1er año en Educación Superior. SIES / MiFuturo. Informe Retención de 1er año de Pregrado 2025. Subsecretaría de Educación Superior. Informe Consejo Asesor en Salud Mental para la Educación Superior. Subsecretaría de Educación Superior. Recomendaciones y orientaciones del Consejo Asesor en Salud Mental para la Educación Superior, 2024. Programa de Acceso a la Educación Superior (PACE). Subsecretaría de Educación Superior. Informe final PACE 2024. Vincent Tinto. Completing College: Rethinking Institutional Action. National Resource Center for The First-Year Experience and Students in Transition. NSSE. Engagement Indicators.

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