Mujeres en STEM: la brecha que persiste en Chile

Las mujeres son mayoría en la educación superior chilena, pero siguen subrepresentadas en STEM. El desafío abarca acceso, experiencia y liderazgo.

Las mujeres ya son mayoría entre quienes ingresan a la educación superior chilena. En 2025 representaron el 52,9% de la matrícula de primer año de pregrado. También exhibieron mejores tasas agregadas de aprobación, retención y titulación. Si se observaran solo esos datos, podría parecer que la brecha de género está cerca de resolverse. Pero basta con desagregar la matrícula por área para que la imagen cambie. En tecnología, la brecha de participación fue de 58,4 puntos porcentuales en favor de los hombres. En los programas STEM —ciencias, tecnología, ingeniería y matemáticas— de primer año, alcanzó 56,3 puntos. La mayoría femenina del sistema convive, entonces, con una marcada subrepresentación en campos decisivos para la investigación, la transformación productiva y la transición digital. El problema no es una contradicción estadística. Es una advertencia institucional: ampliar el acceso general no corrige automáticamente quién estudia qué, cómo vive su formación, qué oportunidades encuentra después y quién llega a investigar, enseñar o dirigir. La mayoría del sistema puede ocultar una minoría disciplinar El Informe de Brechas de Género en Educación Superior 2025 , elaborado por el Servicio de Información de Educación Superior (SIES), muestra una presencia femenina mayoritaria en varias dimensiones. La cobertura neta alcanza 53,1% entre las mujeres y 45,5% entre los hombres. En primer año, ellas representan 52,9% de la matrícula total. La distribución, sin embargo, no es homogénea. La brecha favorece a las mujeres en universidades y centros de formación técnica (CFT), pero favorece a los hombres en institutos profesionales (IP). Por área de conocimiento, ellas tienen una presencia considerablemente mayor en educación, salud y ciencias sociales; en cambio, continúan subrepresentadas en tecnología y, en menor medida, en ciencias básicas. Esto se conoce como segregación horizontal: mujeres y hombres participan en proporciones diferentes según el campo formativo. El promedio del sistema puede acercarse a la paridad —o incluso inclinarse hacia las mujeres— mientras carreras asociadas a programación, ingeniería, automatización o ciertas ciencias conservan una composición fuertemente masculina. Hablar de “mujeres en STEM” como una sola categoría también exige cautela. STEM agrupa disciplinas distintas. Una institución puede avanzar en ciencias biológicas y seguir rezagada en informática o ingeniería eléctrica. Los diagnósticos nacionales orientan, pero las decisiones institucionales requieren desagregar por carrera, sede, jornada, modalidad y etapa de la trayectoria. No es un problema de rendimiento femenino Los mismos datos de SIES desarman una explicación todavía persistente: que la menor presencia en STEM respondería a una menor capacidad académica de las mujeres. En el conjunto de la educación superior, la tasa de aprobación anual de las mujeres llegó a 87,2%, frente a 81,7% entre los hombres. La retención de primer año también las favorece por 3,6 puntos porcentuales. En las titulaciones de 2024, las mujeres representaron 56,1% del total y registraron un tiempo efectivo promedio de titulación de 11,8 semestres, frente a 12,4 en los hombres. Estas cifras no prueban que todas las estudiantes enfrenten las mismas condiciones ni permiten anticipar el desempeño dentro de cada disciplina. Sí obligan a abandonar la narrativa del déficit. La pregunta relevante no es qué les “falta” a las mujeres para adaptarse a STEM. Es qué barreras educativas, culturales e institucionales siguen influyendo sobre las decisiones de ingreso, la experiencia formativa y las oportunidades posteriores. Las expectativas familiares y escolares, la escasez de referentes, los estereotipos sobre talento, el clima de aula, la distribución de tareas en trabajos grupales, las prácticas laborales, el acceso a redes y la compatibilidad entre carrera y responsabilidades de cuidado pueden intervenir en distintos momentos. Ninguna causa explica por sí sola la brecha, y no todas operan del mismo modo en universidades, IP y CFT. Los cupos abren una puerta, pero no construyen toda la trayectoria Chile cuenta desde la admisión 2024 con la política Más Mujeres Científicas (+MC) . La iniciativa ofrece vacantes adicionales para mujeres en carreras STEM de universidades adscritas al Sistema de Acceso. Es una respuesta concreta a una barrera de entrada y tiene un valor simbólico adicional: el Estado reconoce que la desigualdad disciplinar no se resolverá por inercia. Pero una política de acceso no puede cargar con toda la solución. Además, su alcance universitario no cubre por sí solo la formación técnico-profesional impartida por CFT e IP, donde tecnología, industria, minería, energía y automatización también son áreas estratégicas. Lograr que más mujeres ingresen es el primer tramo. Después importa qué ocurre en las primeras asignaturas, laboratorios y talleres; si existen mentorías y comunidades de pares; si los equipos docentes reconocen sesgos; si las prácticas profesionales ofrecen ambientes seguros; si los horarios consideran responsabilidades de cuidado; y si las estudiantes encuentran caminos visibles hacia investigación, innovación, empleo y liderazgo. Una institución podría aumentar el ingreso femenino y, al mismo tiempo, mantener experiencias que producen aislamiento o abandono disciplinar. También podría mejorar la retención, pero concentrar a las egresadas en posiciones con menor reconocimiento, remuneración o capacidad de decisión. Medir solo cupos y matrícula permite ver la puerta; no muestra el recorrido completo. De la matrícula al liderazgo científico El problema tampoco termina con el título. El Informe mundial sobre tendencias de la educación superior 2026 de UNESCO señala que la proporción de mujeres tituladas en programas STEM se ha mantenido estancada en 35% a escala global durante la última década. Las mujeres representan 31% del personal dedicado a investigación y desarrollo. En la carrera académica aparece otra forma de desigualdad. Aunque las mujeres constituyen aproximadamente 44% del personal docente de educación superior en el mundo, ocupan alrededor de una cuarta parte de los cargos de alta dirección. Esta segregación vertical muestra cómo la participación puede disminuir a medida que aumentan el poder, el prestigio o la estabilidad de las posiciones. UNESCO añade una señal política inquietante: menos de uno de cada cinco países aborda explícitamente la participación de mujeres en STEM dentro de sus planes nacionales de educación superior. La brecha es ampliamente reconocida, pero todavía no siempre se traduce en objetivos, instrumentos, recursos y evaluación. Para las instituciones chilenas, esto amplía el tablero. Importa observar no solo cuántas estudiantes ingresan y se titulan, sino también quiénes acceden a ayudantías, proyectos, laboratorios, pasantías, posgrados, fondos, publicaciones, patentes, redes internacionales y cargos de conducción. Sin esa mirada longitudinal, es posible celebrar avances de matrícula mientras se conserva intacto el techo de cristal. Cinco decisiones institucionales que pueden mover la brecha 1. Construir datos de trayectoria, no fotografías aisladas Cada institución debería seguir ingreso, aprobación, retención, titulación, empleabilidad y progresión académica por sexo y disciplina, con resguardos de privacidad. Cuando sea pertinente, debe incorporar otras variables para reconocer desigualdades interseccionales sin convertirlas en etiquetas de riesgo. El objetivo no es producir un tablero decorativo. Es detectar dónde se abren las brechas, qué intervenciones se realizan y si generan cambios. 2. Revisar la experiencia cotidiana en carreras STEM La inclusión se juega en prácticas concretas: quién manipula el instrumental, quién programa, quién expone, quién toma notas, quién recibe retroalimentación y a quién se le atribuye liderazgo en un equipo. Encuestas de clima, grupos focales, observación pedagógica y análisis de incidentes pueden mostrar barreras que la matrícula no registra. 3. Conectar acceso con acompañamiento y redes Los cupos adicionales ganan efectividad cuando se articulan con inducción, mentoría, tutoría académica, comunidades de pares, apoyo psicoeducativo y referentes profesionales. Estos apoyos no deben sugerir que las estudiantes ingresaron con menor mérito. Su función es enfrentar barreras institucionales y fortalecer pertenencia, información y redes. 4. Incluir prácticas, empleabilidad e investigación Las instituciones necesitan trabajar con empleadores, centros de práctica, asociaciones profesionales y equipos de investigación. No basta formar más mujeres si los espacios de inserción reproducen hostigamiento, sesgos de asignación, redes cerradas o trayectorias sin promoción. La relación con el entorno también debe evaluarse por calidad de oportunidades y no solo por número de convenios. 5. Integrar la brecha al sistema interno de calidad La equidad STEM no debería depender exclusivamente de una oficina de género ni de proyectos temporales. Requiere metas, responsables, presupuesto, indicadores, revisión periódica y decisiones de mejora en currículo, docencia, vida estudiantil, investigación y gestión de personas. Incorporarla al aseguramiento interno de la calidad evita dos extremos: reducirla a una campaña comunicacional o tratarla como un asunto separado de la misión académica. La equidad no consiste en llevar mujeres a un espacio sin cambiarlo Chile muestra una paradoja que también es una oportunidad. Las mujeres no solo son mayoría en la educación superior: en los indicadores agregados disponibles, avanzan con buenos resultados. Su fuerte subrepresentación en STEM no puede explicarse como ausencia de capacidad ni resolverse esperando que el promedio general haga el trabajo. La tarea es más exigente. Supone ampliar las posibilidades de elección desde etapas tempranas, abrir vías de acceso, revisar la experiencia dentro de las carreras y sostener oportunidades hasta la investigación, el empleo y el liderazgo. También exige reconocer diferencias entre universidades, IP y CFT, porque una política diseñada para un subsistema no transforma automáticamente a los demás. La matrícula permite saber quién entró. Una política de equidad madura pregunta además quién pudo aprender en condiciones justas, permanecer, titularse, crear conocimiento y participar en las decisiones. Esa es la trayectoria que las instituciones deben ser capaces de demostrar. Si quieres seguir analizando evidencia y conocer prácticas para transformar la educación superior, regístrate gratis en InnovacionAcademica.org . La innovación también consiste en mirar detrás de los promedios y convertir las brechas en decisiones verificables. Fuentes consultadas Servicio de Información de Educación Superior, SIES. Informe de Brechas de Género en Educación Superior 2025 . Marzo de 2026. Subsecretaría de Educación Superior. El 52,9% de las matrículas de primer año en pregrado corresponde a mujeres . 6 de marzo de 2026. UNESCO. Informe mundial sobre tendencias de la educación superior 2026. Resumen ejecutivo . 2026. Ministerio de Educación de Chile. Gobierno lanza política Más Mujeres Científicas . 11 de diciembre de 2023.

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