Experiencia estudiantil en educación superior
La experiencia estudiantil conecta calidad, bienestar y permanencia. Un desafío estratégico para instituciones de educación superior en Chile.
Durante años, muchas instituciones de educación superior hablaron de la experiencia estudiantil como si fuera una combinación de servicios, satisfacción y vida universitaria. Una encuesta al final del semestre, una actividad de bienvenida, una oficina de apoyo, algunos talleres de bienestar y una agenda de participación podían parecer suficientes para mostrar preocupación por los estudiantes. Hoy esa mirada queda corta. En un sistema de educación superior más masivo, diverso y exigente, la experiencia estudiantil se ha vuelto una dimensión estratégica de la calidad institucional. No se trata solo de que los estudiantes estén conformes. Se trata de si logran aprender, pertenecer, avanzar, recibir apoyos oportunos, construir vínculos significativos y sostener sus trayectorias en condiciones razonables. La experiencia estudiantil es, en ese sentido, una frontera donde se cruzan tres preocupaciones que las instituciones ya no pueden gestionar por separado: calidad, bienestar y permanencia. La experiencia estudiantil no es satisfacción Reducir la experiencia estudiantil a satisfacción es cómodo, pero insuficiente. La satisfacción puede capturar percepciones importantes, pero no necesariamente muestra si una institución está generando condiciones efectivas para el aprendizaje, la pertenencia o la progresión académica. Un estudiante puede valorar positivamente un servicio y, al mismo tiempo, sentirse desconectado de su carrera. Puede reconocer la buena disposición de sus docentes y, aun así, experimentar una carga académica desordenada. Puede usar apoyos institucionales, pero llegar tarde a ellos porque nadie detectó oportunamente una dificultad. Puede permanecer matriculado, pero con una experiencia formativa frágil, solitaria o poco significativa. Por eso, hablar de experiencia estudiantil obliga a mirar más allá de los servicios. Implica preguntarse cómo se vive la institución desde el punto de vista de quienes estudian: cómo ingresan, cómo se orientan, cómo aprenden, cómo se relacionan, cómo enfrentan las dificultades, cómo son escuchados, cómo reciben retroalimentación y cómo construyen sentido de pertenencia. La experiencia estudiantil no es un accesorio de la gestión académica. Es una forma concreta de observar si la institución funciona para los estudiantes reales que recibe. Un sistema más diverso exige otro tipo de diseño institucional La discusión no ocurre en el vacío. En Chile, la educación superior cambió profundamente su escala y composición. El Informe del Consejo Asesor en Salud Mental para la Educación Superior señala que la matrícula de pregrado pasó de 748.344 estudiantes en 2007 a 1.249.401 en 2023. En el mismo periodo, la cobertura de jóvenes de 18 a 24 años matriculados en programas de pregrado aumentó de 29,2% a 44,5%. Ese crecimiento no solo significa más estudiantes. Significa trayectorias más heterogéneas, expectativas más diversas y condiciones de vida más complejas. En las instituciones conviven estudiantes de primera generación, personas que trabajan, estudiantes madres y padres, jóvenes que se desplazan largas distancias, personas con responsabilidades de cuidado, estudiantes con distintas trayectorias escolares, quienes estudian en jornada vespertina y quienes necesitan compatibilizar formación, empleo y vida familiar. La experiencia estudiantil, entonces, no puede diseñarse para un estudiante ideal que tiene tiempo completo, redes familiares familiarizadas con la educación superior, disponibilidad para participar en la vida institucional tradicional y capacidad de adaptarse sin fricciones a los códigos académicos. El problema no es solo que los estudiantes sean más diversos. El problema aparece cuando las instituciones siguen organizadas como si esa diversidad fuera una excepción. El engagement muestra que la experiencia también se aprende y se construye Una forma útil de comprender la experiencia estudiantil es mirar la literatura sobre student engagement , o compromiso/involucramiento estudiantil. El concepto no se refiere únicamente a motivación individual. Según el marco desarrollado por la National Survey of Student Engagement , el engagement incluye tanto la participación de los estudiantes en actividades educativas efectivas como sus percepciones sobre el ambiente institucional que apoya su aprendizaje y desarrollo. Esta distinción es clave. Si un estudiante participa poco, no basta con concluir que “no se compromete”. También hay que preguntar qué condiciones institucionales favorecen o dificultan esa participación. ¿Los horarios son compatibles? ¿Las actividades son pertinentes? ¿Los apoyos llegan a quienes más los necesitan? ¿La retroalimentación docente permite mejorar? ¿La institución genera confianza? ¿Los estudiantes saben dónde acudir antes de que el problema escale? El Cuaderno de Investigación N°16 de la Comisión Nacional de Acreditación , centrado en perfiles de engagement en estudiantes de pregrado no tradicionales, entrega una señal relevante para el contexto chileno. El estudio muestra que estudiantes con alto engagement tienden a establecer relaciones de apoyo más positivas con compañeros, profesores y administrativos, y perciben mayor compromiso institucional en la oferta de servicios y actividades que favorecen su aprendizaje y desarrollo. Además, el estudio señala que los perfiles de engagement permiten predecir desempeño académico, como promedio ponderado acumulado y cantidad de créditos aprobados, incluso controlando variables de ingreso. No se trata de afirmar causalidades simples, pero sí de reconocer que la experiencia estudiantil se relaciona con resultados formativos relevantes. La experiencia, por tanto, no es una dimensión blanda. Tiene consecuencias académicas, institucionales y humanas. Pertenecer también es avanzar Una de las ideas más importantes para las instituciones de educación superior es que la pertenencia no se produce automáticamente por estar matriculado. Se construye en la interacción cotidiana con docentes, pares, equipos de apoyo, jefaturas de carrera, plataformas, reglamentos, espacios físicos y decisiones institucionales. Un estudiante puede estar formalmente dentro de la institución, pero sentirse fuera de sus códigos. Puede asistir a clases, pero no sentirse habilitado para preguntar. Puede recibir información, pero no comprender cómo usarla. Puede tener acceso a apoyos, pero no sentirse legitimado para solicitarlos. Puede compartir sala con otros estudiantes, pero no construir red. La pertenencia tiene una dimensión emocional, pero también organizacional. Depende de si la institución facilita el acceso a información clara, genera espacios de interacción, detecta señales tempranas de dificultad, reconoce la diversidad de trayectorias y crea condiciones para que los estudiantes puedan habitar la educación superior sin sentir que todo depende de su capacidad individual de adaptación. En este punto, la experiencia estudiantil se conecta directamente con la permanencia. No porque la pertenencia por sí sola resuelva todos los factores de abandono, sino porque una trayectoria sin vínculos, sin orientación y sin apoyos oportunos se vuelve más frágil. El bienestar no está fuera del currículo Durante mucho tiempo, el bienestar estudiantil fue tratado como un asunto ubicado fuera del núcleo académico: un servicio de apoyo, una dirección de asuntos estudiantiles, un conjunto de talleres o una red de derivación. Todo eso es necesario, pero no suficiente. El bienestar también se juega en el diseño curricular, en la carga académica, en la evaluación, en los reglamentos, en las prácticas profesionales, en los mecanismos de flexibilidad y en la forma en que las carreras acompañan los momentos críticos de la trayectoria. El informe del Consejo Asesor en Salud Mental para la Educación Superior entrega datos que deberían preocupar a la gestión institucional. Un 52,3% de las instituciones declaró haber implementado cursos para incorporar la dimensión de salud mental en el quehacer formativo. El mismo porcentaje reportó acciones de acompañamiento al inicio de la carrera. Sin embargo, solo un 44,9% declaró haber realizado diagnósticos sobre carga académica, y apenas un 29% señaló haber realizado ajustes o innovaciones curriculares con foco en el cuidado de la salud mental. La señal es clara: muchas instituciones han avanzado en sensibilización y acompañamiento, pero todavía existe una distancia importante entre reconocer el problema y rediseñar las condiciones formativas que pueden agravarlo o mitigarlo. Hablar de experiencia estudiantil exige, entonces, una pregunta incómoda: ¿cuánto del malestar que atribuimos a factores individuales se relaciona también con diseños institucionales rígidos, cargas poco coordinadas, evaluaciones acumuladas, baja retroalimentación o apoyos que llegan demasiado tarde? La brecha técnico-profesional no puede quedar invisible Un riesgo frecuente en la conversación sobre experiencia estudiantil es hablar desde una imagen universitaria de la vida académica. Pero la educación superior chilena incluye universidades, institutos profesionales y centros de formación técnica, con misiones, públicos y condiciones de trayectoria distintas. El mismo informe de salud mental muestra brechas relevantes. Mientras el 76,1% de las universidades declaró acciones de acompañamiento al inicio de la carrera, en el subsistema técnico profesional la cifra llegó al 31,1%. En diagnósticos de carga académica, el reporte muestra 60,9% en universidades y 32,8% en el subsistema técnico profesional. En incorporación de salud mental al quehacer formativo, la diferencia también es significativa: 78,3% en universidades frente a 32,8% en educación superior técnico profesional. Estas cifras no deben leerse como una competencia simple entre subsistemas. Más bien muestran que la experiencia estudiantil debe ser pensada con sensibilidad institucional. En la formación técnico-profesional, muchos estudiantes combinan estudio y trabajo, enfrentan restricciones de tiempo, requieren pertinencia laboral temprana y pueden tener menor disponibilidad para participar en formatos tradicionales de vida institucional. Si las instituciones diseñan apoyos, participación, orientación y acompañamiento con un modelo único de estudiante, una parte importante de las trayectorias queda invisibilizada. De servicios estudiantiles a sistema de experiencia estudiantil Gestionar la experiencia estudiantil requiere pasar de una lógica de servicios aislados a una lógica de sistema. Esto no significa crear más burocracia ni multiplicar unidades. Significa articular mejor lo que la institución ya hace, observar dónde se rompen las trayectorias y tomar decisiones con evidencia. Un sistema de experiencia estudiantil debería integrar, al menos, cinco capas de trabajo: Experiencia académica: calidad de la enseñanza, metodologías, evaluación, carga académica, retroalimentación y coherencia curricular. Experiencia relacional: vínculos con docentes, pares, tutores, jefaturas de carrera, unidades de apoyo y equipos administrativos. Experiencia de pertenencia: inclusión, reconocimiento, participación, identidad institucional y voz estudiantil. Experiencia de trayectoria: ingreso, adaptación, progresión, permanencia, titulación y transición al mundo laboral. Experiencia de bienestar: salud mental, condiciones materiales, compatibilidad estudio-trabajo-familia, infraestructura y apoyos oportunos. Estas capas no deberían gestionarse por separado. Si la carga académica es desordenada, el bienestar se resiente. Si no hay retroalimentación docente, la progresión se debilita. Si los apoyos no llegan a estudiantes vespertinos o trabajadores, la equidad queda incompleta. Si la institución mide satisfacción, pero no analiza trayectorias, puede estar mirando tarde los problemas. La experiencia estudiantil, bien entendida, es un sistema de señales sobre cómo la institución aprende de sus estudiantes. Gestionar experiencia es gestionar calidad La Ley 21.091 sobre Educación Superior consolidó en Chile un marco donde la calidad no puede separarse de la responsabilidad institucional, la pertinencia y el desarrollo de las funciones formativas. En esa conversación, la experiencia estudiantil no es un tema accesorio: es una evidencia viva de cómo la institución cumple su promesa educativa. Una institución puede tener buenos documentos, planes estratégicos y dispositivos de apoyo. Pero la pregunta central es otra: ¿todo eso se traduce en mejores trayectorias para los estudiantes? ¿Permite aprender mejor? ¿Fortalece la pertenencia? ¿Anticipa dificultades? ¿Reduce barreras evitables? ¿Genera decisiones de mejora? La experiencia estudiantil no debe convertirse en una consigna amable. Debe transformarse en una forma de gestión: con datos, escucha, diseño curricular, coordinación interna, seguimiento, apoyos pertinentes y capacidad de mejora continua. Porque en educación superior, la calidad no se demuestra solo en los procesos que la institución declara. También se demuestra en las trayectorias que hace posibles. Si quieres seguir profundizando en gestión, calidad, bienestar e innovación en educación superior, regístrate gratis en InnovacionAcademica.org y participa en una comunidad que comparte ideas, recursos y experiencias para transformar las instituciones desde sus desafíos reales. Fuentes consultadas Subsecretaría de Educación Superior, Ministerio de Educación de Chile. Informe Consejo Asesor en Salud Mental para la Educación Superior, 2024. Comisión Nacional de Acreditación de Chile. Cuaderno de Investigación N°16: Perfiles de engagement en estudiantes de pregrado no tradicionales y su relación con el desempeño académico. NSSE, Indiana University. Conceptual Framework. NSSE, Indiana University. Engagement Indicators. Ley 21.091 sobre Educación Superior, Biblioteca del Congreso Nacional de Chile.