Del acceso al egreso en educación superior

La educación superior ya no puede medir su avance solo por matrícula. La nueva agenda exige mirar progresión, permanencia, egreso y equidad real.

La expansión de la educación superior ha sido una de las transformaciones educativas más importantes de las últimas décadas. Millones de personas que antes quedaban fuera de este nivel formativo ingresaron a universidades, institutos profesionales, centros de formación técnica y otros espacios terciarios. Para muchas familias, esa matrícula representó una promesa concreta: movilidad social, mejores oportunidades laborales, desarrollo personal y participación más plena en la vida pública. Pero una matrícula no es una trayectoria. Y una trayectoria no se completa solo porque una persona logró entrar. El nuevo informe mundial de tendencias de educación superior de UNESCO plantea una alerta que debería resonar con fuerza en América Latina: el acceso creció de manera significativa, pero la graduación avanza a un ritmo más lento. Dicho de otro modo, los sistemas han aprendido a abrir más puertas, pero todavía tienen dificultades para asegurar que quienes entran puedan avanzar, aprender, permanecer y egresar en condiciones razonables. La pregunta estratégica ya no es solo cuántas personas se matriculan. Es quiénes logran completar sus estudios, cuánto demoran, qué apoyos reciben, qué barreras enfrentan y qué instituciones son capaces de convertir el acceso en una experiencia formativa sostenible. El acceso fue un logro; convertirlo en egreso es el desafío Según el resumen ejecutivo del informe de UNESCO, la matrícula mundial en educación terciaria pasó de 100 millones de estudiantes en 2000 a cerca de 269 millones en 2024, considerando los niveles CINE 5 a 8. En programas de licenciatura, maestría y doctorado —niveles CINE 6 a 8—, la matrícula llegó a 213 millones de estudiantes en 2023. La tasa bruta de matriculación en esos niveles subió de 27% a 35% durante la última década, y América Latina y el Caribe aparece con una tasa de 53%, en un nivel intermedio frente a otras regiones. Son cifras relevantes. Muestran que la educación superior dejó de ser un espacio reservado a minorías pequeñas y se convirtió, en muchos países, en una aspiración social ampliamente extendida. Sin embargo, el mismo informe advierte que la graduación ha avanzado con menor velocidad: la tasa bruta de graduación de programas de primer grado —niveles CINE 6 y 7— pasó de 22% en 2013 a 27% en 2023. La diferencia entre expansión de matrícula y avance de la graduación no debe leerse como un simple problema administrativo. Es una señal de diseño sistémico. Cuando muchas personas logran entrar, pero una proporción significativa demora demasiado, interrumpe estudios o abandona, el sistema tiene que revisar algo más profundo que sus campañas de admisión. En América Latina, esta discusión tiene una sensibilidad particular. La región ha combinado masificación, alta participación privada en varios países, expansión de la formación técnico-profesional, políticas de financiamiento estudiantil, exigencias crecientes de calidad y una composición estudiantil más diversa que la de décadas anteriores. En ese contexto, celebrar solo el acceso puede ocultar desigualdades que aparecen después de la matrícula. La matrícula puede esconder trayectorias muy distintas Dos estudiantes pueden aparecer iguales en una estadística de ingreso y vivir experiencias completamente diferentes. Uno puede contar con redes familiares que conocen el sistema, tiempo para estudiar, estabilidad económica, buena preparación previa y claridad vocacional. Otro puede trabajar muchas horas, cuidar a familiares, desplazarse largas distancias, enfrentar brechas académicas acumuladas o no saber cómo pedir ayuda cuando aparecen las primeras señales de riesgo. Ambos figuran como “matriculados”. Pero no tienen las mismas condiciones para avanzar. Por eso, medir la expansión únicamente por acceso puede producir una ilusión de igualdad. La matrícula abre una oportunidad, pero no elimina por sí sola las barreras económicas, académicas, culturales, territoriales o emocionales que afectan la permanencia. Incluso puede hacerlas más visibles: cuando el sistema incorpora a estudiantes con trayectorias previas más diversas, también queda obligado a diversificar sus formas de acompañamiento. UNESCO es clara en este punto: las barreras que enfrentan los estudiantes durante sus estudios pueden retrasar la graduación o llevar al abandono temprano. Por eso recomienda fortalecer mecanismos de apoyo financiero y académico a lo largo de toda la trayectoria estudiantil. La palabra clave es “trayectoria”. No basta con intervenir al inicio ni reaccionar al final, cuando el retiro ya ocurrió. El caso chileno: mirar retención ayuda, pero no agota la conversación Chile cuenta con información pública relevante para observar esta discusión. Los informes de retención de primer año de SIES/MiFuturo permiten analizar la continuidad de las cohortes, distinguir subsistemas y observar brechas asociadas a variables institucionales y estudiantiles. El Informe de Retención de 1er año de Pregrado 2025 reporta, por ejemplo, una retención total de 77,3% para la cohorte 2024. Ese dato importa, pero conviene leerlo con cuidado. La retención de primer año es una señal temprana, no una fotografía completa del egreso. Una institución puede retener a buena parte de sus estudiantes al primer año y aun así presentar problemas de avance curricular, titulación oportuna, bienestar, endeudamiento de tiempo, sobrecarga laboral o desconexión con el proyecto formativo. También puede ocurrir lo contrario: una tasa agregada puede mejorar mientras persisten brechas fuertes entre carreras, jornadas, sedes, grupos socioeconómicos o modalidades. La retención debe entenderse como puerta de entrada a una conversación más amplia sobre progresión. ¿Los estudiantes aprueban asignaturas críticas? ¿Avanzan al ritmo esperado? ¿Logran compatibilizar estudio, trabajo y cuidados? ¿Encuentran orientación académica cuando dudan de su carrera? ¿Reciben apoyos antes de acumular fracasos? ¿La institución sabe distinguir entre abandono, suspensión temporal, cambio de programa y trayectorias más flexibles? Si la respuesta institucional se limita a “subir la retención”, el indicador puede terminar empobreciendo la política. Si se usa como señal para rediseñar la experiencia estudiantil, puede convertirse en una herramienta valiosa de calidad. La calidad también se juega en la capacidad de acompañar Durante años, la calidad en educación superior se asoció principalmente a acreditación, infraestructura, planta académica, investigación, empleabilidad o coherencia curricular. Todos esos elementos siguen siendo relevantes. Pero en sistemas masificados, la calidad también se expresa en la capacidad de sostener trayectorias diversas sin bajar exigencias ni abandonar a quienes enfrentan más barreras. Esto no significa transformar a las instituciones de educación superior en servicios asistenciales sin responsabilidad académica. Significa comprender que enseñar, evaluar, orientar y acompañar son dimensiones conectadas. Un currículo técnicamente correcto puede fracasar si sus secuencias no consideran brechas de entrada. Una política de becas puede ser insuficiente si no cubre costos indirectos. Un sistema de alerta temprana puede ser inútil si detecta riesgos pero no activa apoyos reales. Una plataforma de seguimiento puede acumular datos sin producir decisiones. La discusión sobre egreso obliga a mirar la institución completa. No es solo tarea de asuntos estudiantiles, ni exclusivamente de docencia, ni únicamente de análisis institucional. Requiere articulación entre admisión, diagnóstico, nivelación, diseño curricular, evaluación, bienestar, financiamiento, tutorías, gestión de datos, empleabilidad y aseguramiento interno de la calidad. Cuando una persona abandona sus estudios, rara vez hay una sola causa. Lo mismo ocurre cuando logra egresar. Las trayectorias son el resultado de decisiones acumuladas, apoyos oportunos, condiciones materiales y vínculos significativos con el aprendizaje. De indicadores de entrada a indicadores de avance El giro desde acceso hacia egreso exige cambiar el tablero de gestión. Las instituciones y los sistemas públicos necesitan seguir observando matrícula, por supuesto. Pero también deben mirar indicadores de progresión con más fineza. Algunas preguntas pueden ayudar a ordenar esa mirada: ¿Qué proporción de estudiantes avanza según la duración esperada de sus programas? ¿En qué asignaturas, semestres o módulos se concentran los mayores riesgos de reprobación? ¿Qué grupos presentan más interrupciones, cambios de carrera o suspensión de estudios? ¿Cuánto pesan el trabajo remunerado, los cuidados, el transporte y los costos indirectos? ¿Qué apoyos están usando los estudiantes y cuáles no llegan a quienes más los necesitan? ¿La titulación oportuna se analiza por programa, jornada, sede, modalidad y perfil de ingreso? ¿Los mecanismos de calidad interna usan estos datos para mejorar la experiencia formativa? Estas preguntas no buscan culpabilizar a las instituciones ni simplificar problemas sociales complejos. Al contrario: ayudan a distribuir responsabilidades de manera más justa. El abandono no siempre puede evitarse, y no toda interrupción es fracaso. Pero cuando ciertos patrones se repiten, la institución tiene evidencia suficiente para actuar. Cuidado con convertir el egreso en una presión mal diseñada Poner más atención al egreso no significa perseguir tasas a cualquier costo. Ese sería un error. Si una política de progresión se diseña mal, puede producir incentivos indeseados: bajar exigencias, aprobar sin evidencia suficiente, empujar a estudiantes fuera de programas complejos, reducir la diversidad de ingreso o transformar el acompañamiento en vigilancia. La meta no debería ser maquillar indicadores. La meta es que más estudiantes aprendan mejor, avancen con sentido y completen estudios de calidad. Eso exige combinar exigencia académica con apoyos pertinentes. También requiere reconocer que no todas las trayectorias serán lineales: habrá estudiantes que cambien de programa, interrumpan temporalmente, retomen estudios, validen aprendizajes previos o necesiten ritmos distintos. La educación superior contemporánea no puede funcionar como si todos sus estudiantes fueran jóvenes de dedicación exclusiva, sin responsabilidades laborales ni familiares, con capital cultural suficiente para descifrar solos las reglas institucionales. Ese estudiante existe, pero ya no representa la totalidad del sistema. En muchos programas, ni siquiera representa la mayoría. Una agenda para instituciones que quieran mirar más lejos El informe de UNESCO no entrega una receta única, ni debería hacerlo. Los sistemas de educación superior son distintos y las instituciones tienen misiones, recursos y contextos diversos. Pero sí ofrece una señal clara: la próxima conversación global no se resolverá celebrando cobertura. La pregunta será cómo convertir esa cobertura en trayectorias formativas efectivas, equitativas y de calidad. Para las instituciones de educación superior, esto implica al menos cuatro movimientos. Primero, integrar datos de acceso, permanencia, avance y egreso en una misma conversación. Si cada unidad mira un fragmento, la trayectoria se vuelve invisible. Segundo, diseñar apoyos antes de que el riesgo se transforme en abandono. La alerta temprana solo sirve si llega acompañada de capacidad de respuesta. Tercero, revisar los puntos críticos del currículo y de la experiencia estudiantil. Muchas veces la barrera no está en “el estudiante”, sino en una secuencia formativa que concentra dificultades sin apoyo suficiente. Cuarto, evaluar la calidad institucional también por su capacidad de generar condiciones para que estudiantes diversos puedan aprender y completar sus estudios sin convertir la exigencia en exclusión silenciosa. La matrícula seguirá siendo importante. Para muchas personas, entrar a la educación superior continúa siendo una conquista enorme. Pero el acceso no puede ser el final de la historia institucional. Si la promesa educativa termina en abandono, retraso crónico o egresos profundamente desiguales, el sistema habrá abierto una puerta sin asegurar el camino. La educación superior que viene será evaluada menos por la cantidad de personas que logra atraer y más por la calidad de las trayectorias que consigue sostener. Ahí se jugará buena parte de su legitimidad pública. Seguir conversando sobre trayectorias, calidad y equidad también es parte de innovar en educación. Si quieres acceder a más análisis, recursos y experiencias para fortalecer la gestión académica e institucional, regístrate gratis en InnovacionAcademica.org y participa en una comunidad interesada en transformar la educación con evidencia, criterio y sentido público. Fuentes consultadas UNESCO — Informe mundial sobre tendencias de la educación superior 2026. Resumen ejecutivo . Instituto de Estadística de la UNESCO (UIS) . SIES / MiFuturo — Informes de Retención de 1er año en Educación Superior . SIES — Informe de Retención de 1er año de Pregrado 2025 .

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